Del mismo modo que antiguos prestigiosos lingüistas hablaron de vasco iberismo, y posteriores investigaciones en este terreno han creído descubrir sorprendentes concomitancias en raíces léxicas entre el euskera y la lengua de los bereberes, el visionado del reciente filme del joven director vasco Mikel Rueda «A escondidas» – me ha conducido al descubrimiento en el que con especial sensibilidad se nos presenta el casual encuentro y la mutua atracción de dos adolescentes que proceden de dos culturas alejadas geográfica y socialmente tan alejadas como la vasca y la marroquí. Hablo del descubrimiento de coincidencias -por supuesto, no exclusivas- entre ciertos rasgos culturales que en principio tenderíamos a suponer únicos y encerrados en la propia identidad de cada una de ellas, aunque es algo aventurado hacer un ejercicio de equiparación. En este sentido tienen cabida y desarrollo en el filme la homosocialidad de los varones jóvenes, el aislamiento y la exclusión de lo femenino, el particular estatus doméstico de las mujeres de cierta edad… Pero, ante todo – y en ello me detengo con especial interés en mi estudio – en la posición que ambas culturas y sociedades adoptan respecto al sexo y de forma especialmente destacada ante la aceptación de su diversidad.

Cine gay el norte del estado español
Mi punto de partida y de llegada es que el cine español, al menos en su vertiente dramática o todavía llamada “seria”, sigue mostrando unos ciertos puntos de bloqueo hacia el homoerotismo y hacia la sexualidad como representaciones visuales a pesar de empezar a abordar temas nuevos y variados como en el caso de “A escondidas” del realizador Bilbaíno Mikel Rueda que, en su primer largo para el cine, nos acerca al amor adolescente entre dos chicos de diferentes etnias en un entorno hostil por muchas razones. La pudibundez del cine español dirigido a un público “¿serio?”- dentro de las coordenadas del drama realista o “de calidad”- pone de relieve cierto retraso con respecto a otras cinematografías cercanas aunque, como en este caso, se apunten muchos temas que no llegan a cristalizar por la propia timidez del director y su equipo hacia ese tema que pretende abordar con “valentía”.
El cuerpo adolescente es un cuerpo que puede tener o, mejor dicho, adquirir muchos significados, desde culturales a socioeconómicos o genérico-sexuales sin que unos puedan separarse de los otros y sus intersecciones puedan ser analizadas unas al margen de las otras. Es un cuerpo que cambia en una mente en ebullición, o al menos eso dicta el lugar común, un lugar común que suele tener bastante de verdad, aunque no siempre responde a lo que se espera desde diversas instancias y no siempre circula de mismo modo. En este sentido, una película tan increíblemente pacata en ciertos aspectos – llegando a lo decepcionante a estas alturas de la historia del cine LGTB – resulta de gran interés para estudiar las nuevas masculinidades de los jóvenes proto-queer en el cine español del nuevo milenio, en este caso un cine español fronterizo en gran manera, ya que los protagonistas son un chico marroquí y uno bilbaíno ubicados en el extrarradio de Bilbao.

La frontera, el infierno, la otra parte del otro lado […] nos dice Sayak Valencia en su poema This is Tijuana.[i] La frontera del estrecho que separa Marruecos y otros lugares del Sur de España y países de toda Europa entera se ha vuelto otra frontera de gran poder simbólico. Casi en la geografía de un “otro” corporal o al menos socialmente marcado. En la honesta pero casta película de Rueda, Ibrahim tiene los días contados en un Bilbao que parece recoger la extraña tristeza de su situación y la pasajera felicidad de su primer amor, un primer amor que podría marcar sus vidas y no precisamente de forma alegre. Un cine vasco gay y autóctono que nace con una mezcla del lastre del cine del pasado («Ander«) y cierta valentía encubierta con extraña audacia y sensibilidad algo púdica como en «80 egunean», donde se aborda el amor pasajero entre dos mujeres en la tercera edad.
El controvertido debut de Mikel Rueda
Tras una breve carrera en el cortometraje, Rueda, que posee una intensa juventud, se pone detrás de un proyecto que llevaba mucho tiempo en su cabeza, circunstancia de donde tal vez proviene su excesivo clasicismo en algunos pasajes, sus anacronismos en cuanto a la evolución de las relaciones de género dentro de las pandillas – que parecen no haber conocido el feminismo ni la legitimación del amor gay en otras esferas sociales – y su falta de atrevimiento en las escenas amorosas o las muestras de afecto visibles entre los dos protagonistas. Aunque también de ahí procedan la perfección de algunos momentos, meditados al detalle, y algunos tópicos, como el papel pasivo-agresivo de las “asistentes sociales”, primero amables y luego resignadas al poder y los dictados legales, las observaciones sobre el liderazgo y algunos lugares comunes sobre “la ausencia del padre”, en el caso de ambos muchachos, particularmente en el caso de la orfandad total de Ibrahim en un país extranjero.
El filme está dedicado con cariño al veterano Alex Angulo – que murió poco después del rodaje – y que oficia las labores de director de ese centro de acogida de extranjeros, con un lado bondadoso, no del todo convincente pero efectivo sobre todo cuando Ibrahim, en una violenta secuencia nocturna, se enfrenta a la policía, acortando sus días en España y junto a Rafa. Rueda aprovecha su propia afición al Waterpolo para situar varias secuencias en el interior de las piscinas, una circunstancia que también propicia secuencias de miradas dentro y fuera del agua de la piscina y un campeonato donde ambos protagonistas, plenamente enganchados, no juegan como se espera de ellos. Se palpa que ambos están fuera de esos grupos que compiten, aun cuando sigan representando su papel de rivalidad dentro del agua y en sus bandos respectivos.

Ninguna de sus dos pandillas plantea un horizonte vital claro por lo que ambos adolescentes deben enfrentarse a diversas formas de racismo y machismo, y, sobre todo, a la toma de conciencia de que su historia de amor (salvo en la mirada de Ugalde, el mejor amigo de Rafa) no va a obtener ningún reconocimiento social, no tanto por la naturaleza de sus culturas como por la presión de la pandilla varonil, juvenil, en riesgo, de la que ambos se apartan juntos.
«A escondidas» es la historia de un joven marroquí que se enamora localmente de un chaval bilbaíno, justo cuando su tiempo de permanencia en territorio español está a punto de finalizar. Obviamente se trata de un esquema de melodrama romántico bastante clásico, pero lo que resulta novedoso es que se trate de dos chicos, dos adolescentes y uno de ellos sea un inmigrante marroquí y, en consecuencia, se aborden, más o menos de refilón, diferentes temas sociales cada vez más candentes. En Bilbao sigue existiendo, aunque a ciertos lugares haya llegado información y formas de vida renovadas, la figura del grupo de varones jóvenes que se protege de “lo femenino” y, por otro lado se da también ciertas zonas donde existe el tipo de delincuencia que muestra el filme, aunque es sabido – cada vez más – que no es exclusivamente achacable a inmigrantes sin recursos.
La película acabó convertida en un pequeño fenómeno sociológico porque los dos jóvenes actores hicieron una declaración pública “a la antigua usanza” – de las pocas que hicieron – diciendo que lo que más les había costado era la “escena del beso”. Ni siquiera los protagonistas de “Brokeback Mountain” llegaron tan lejos, teniendo mucho más que perder y siendo los besos más profundos, atormentados, variados, “reales”, sus aproximaciones más físicas y sus separaciones más prolongadas. Y aquí entra la polémica ¿Los protagonistas se besan?

Rueda logra plasmar que se desean, algo que no logra siempre Lee en su laureado filme, pero su deseo reprimido resulta hoy algo desfasado a causa de ese beso que tanto les costó darse y que tanto le cuesta ver al público en la pantalla, pues apenas se rozan los labios de los dos protagonistas. Aunque el enunciado es claro y desafiante por parte de Ibrahim: ¿Qué pasa? ¿Vas a besarme?
Los tópicos sobre “las culturas” a las que pertenecen ambos protagonistas siguen circulando, aunque no siempre del mismo modo. Aunque en el caso de la cultura vasca las excepciones y la cercanía de la falacia implícita hayan hecho saltar por los aires el topicazo de la supuesta asexualidad del pueblo vasco, mostrando una diversidad equivalente a cualquier otra zona del país, a pesar del indiscutible peso de instituciones como La Iglesia. El caso marroquí, con sus avances y retrocesos en materia de derechos sexuales, con su doble moral y sus excepciones, tampoco es extrapolable al personaje de un filme, pero en ambos se reproducen algunos elementos reiterados: la pandilla, la cuadrilla, el grupo de chicos “solo varones” y la vivencia de la masculinidad de cara al exterior o en la intimidad, incluso si la delincuencia proveniente de los países del Sur de Europa pueda venir de muchos de ellos, y estar ya instalada a causa de la propia y más o menos reciente desestructuración socioeconómica del continente o ser un elemento esporádico. Es cierto que en algunas zonas de Marruecos todavía los jóvenes varones no suelen mezclarse demasiado con las jóvenes hasta la edad de contraer matrimonio pero suponer que siempre es así también es caer en el lugar común, ya que se trata de una herencia cultural que se erosiona con los cambios temporales y los nuevos modelos a pesar del peso de la religión y las leyes represivas respecto a la “homosexualidad en público” que se aplican de forma arbitraria. [ii]
La idea del “matriarcado vasco” aparece en las figuras de mujeres mayores (incluyendo a las asistentes sociales, que pasan de benefactoras a delatoras aun a su pesar) que aparecen en la película a lo que se une que ambas están marcadas por la ausencia del padre. La pandilla ejerce ese papel, pero ambas son pandillas de pequeña delincuencia para sobrevivir en el primer caso y de un machismo y de una masculinidad ostentosa y homófoba en el segundo, donde no tiene cabida la amistad íntima y el amor – deseo incipiente entre Rafa (Germán Alcarazu) e Ibrahim (Adil Koukouh), los dos chavales, bilbaíno y marroquí, de quince y diceseis años, que se enamoran en un Bilbao triste, marginal, neblinoso, contaminado, suburbial, despojado de todo atisbo de glamour.

Las pandillas a las que pertenecen originariamente ambos, la cuadrilla del colegio donde acude el sensible e inseguro Rafa y el hogar de acogida algo carcelario donde reside Isra, son microcosmos asfixiantes para un amor, así de entrada, nada sencillo. Tampoco es sencillo para el director que se mueve con la escurridiza barrera de la mayoría de edad a punto de llegar para el joven marroquí pero no para el otro protagonista. Sin embargo desde aquellos “quince años tiene mi amor” del Dúo Dinámico hemos aprendido que en el caso del colectivo LGTB el arma de la llamada “edad de consentimiento” (empleada por Tatcher para la confección de leyes abiertamente discriminatorias, incluyendo las de censura en las escuelas) bien puede ser un instrumento homófobo como esa frase tópica de “la fase pasajera” que tanto sufrimiento e incomprensión ha provocado y sigue causando.
Como ya se ha señalado, un asunto que, sin salirse del tópico, contiene ciertos elementos de verdad es que tanto en la adolescencia en el País Vasco como, sobre todo, en la adolescencia en Marruecos o en los varones marroquíes, se da una separación simbólica entre hombres (chicos) y mujeres (chicas) que ha disminuido bastante sobre todo en el caso de las costumbres cambiantes en los últimos años en las grandes poblaciones de Euskadi, y es una circunstancia que no deja de pesar, de forma algo desfasada o no, sobre los protagonistas de «A escondidas». Sus clanes ni siquiera se mezclan con las chicas, favoreciendo la consabida “homosocialidad” aunque Rueda deja bastante claro que la relación entre Rafa e Ibrha va más allá de la amistad casi desde los primeros diez minutos del filme en el que los presenta intercambiando miradas en el interior de un lavabo público, en breves imágenes mentales, o saltos espacio-temporales que pueden coger por sorpresa al espectador. Por otro lado, en sucesivas entrevistas, el realizador habla del encanto y la fuerza de “un primer amor”.
Adolescencias queer, tránsito migratorio y la historia de un beso
Según sus propias declaraciones para televisión, Mikel Rueda quería rodar una historia de amor entre dos chicos en la adolescencia, un tema semitabú (en el caso del amor homosexual) y novedoso (“el público todavía se revuelve en la butaca porque tienen quince años”). No obstante esto conlleva a una pudibundez algo exagerada en sus expresiones de afecto, a una enorme tensión sexual no resuelta, olvidando el director ejemplos anteriores como “Krampack” de Cesc Gay o la británica, de trasfondo a la vez teatral y realista, “Beautiful Thing” de Hettie McDonald por no hablar de los cortometrajes de Antonio Hens “En malas compañías” o «François Ozon». O la herencia desnuda de ese pionero del cine vasco que fue Eloy de la Iglesia, que aquí parece haberse esfumado aunque también trató temas como la marginalidad, el racismo, la exclusión social y la homofobia en contextos urbanos degradados, aunque desde soluciones narrativas muy lejanas al primor con el que Rueda ha concebido su melodrama romántico y social.

No estamos ante un relato demasiado original, si bien la desestructuración social producida por la llamada “crisis” y el aumento de la inmigración del Norte de África hayan revitalizado la actualidad de sus temas, como lo hace el hecho de que se empiece a hablar del bullyng homofóbico como consecuencia de la mayor visibilidad gay conseguida a finales del siglo XX. Tal vez lo más valioso de su filme sea la firmeza (entre bella y sórdida) de su transfondo social incluyendo aspectos como la inmigración, el heterosexismo, el racismo y la invisibilidad de otras sexualidades en ambientes marcados por circunstancias sociales adversas, o esos moldes sociales poco dúctiles donde solo existen (como dicen las asistentes sociales) palabras como “amigo”, “novia”, “tu colega”, “tu barrio”, “tu chamizo” que se acentúan en localidades o pueblos pequeños…
El realizador se siente especialmente satisfecho de la espontaneidad de Joseba Ugalde en el papel de Guille, el mejor amigo y confidente de Rafa (secretamente enamorado de él, lo que complica un poco el filme y abre, a la vez que colapsa, algunas interpretaciones) particularmente en la escena de la despedida en la que le entrega sus ahorros y le dedica unas sentidas palabras. Una escena, no obstante, demasiado cercana al melodrama donde se mezclan la intensidad y el exceso. Guille, que ha intentado llevar a Rafa al lado hetero de la pandilla, vence sus celos hacía Ibrahim y le desea suerte en su loca aventura, una secuencia que, sin duda, reside en la interpretación de Ugalde y su capacidad de emocionarse ante la cámara. No obstante, en general «A escondidas» no acaba de transmitir sensaciones fuertes, su tristeza tiene algo de lánguida y resignada como inevitable parece que Rafa e Ibrahim no van a llegar a tener un encuentro sexual y que finalmente las leyes de inmigración los separarán definitivamente. En un momento en el que Rafa, instado y casi empujado por la pandilla, va a besar a una chica a la que suponen “su novia”, Guille le incita a que practique el morreo ante el espejo y con sus propios labios frente al cristal. Pero en su ensayo, una de las mejores secuencias del filme, no sabemos si Rafa está cediendo a esa presión que va contra sus principios cediendo, ejerciendo un contra-narcisismo instado por un consejo que suena a falso, o besando idealmente a Ibrahim que ya ha entrado en su mente y su corazón. En cualquier caso, la escena produce sentimientos encontrados cuando Rafa se besa “a sí mismo para complacer a otros/as”

La película comienza con un patético y frustrado intento de hurto por parte de Ibrha en una tienda de alimentación. Lo salva de la policía y de las señoras mal encaradas que regentan el local un compañero marroquí en un gesto de solidaridad racial. Pero este compañero desconocido quiere introducirlo en una red de tráfico ilegal de medicamentos de la que Ibrha se aparta para estar junto a su nuevo amigo con el que inicia un romance, a pesar de la timidez de ambos.
Si Rafa aparenta quince años, Ibrha, más fuerte – en apariencia y presencia – pero también de aspecto algo más torpe, bien puede aparentar dieciocho. Es evidente que el chico marroquí, es, en cierto sentido, el objeto sexual del filme, como podemos apreciar cuando se quita los pantalones para que su amigo le cure en la pierna una herida sufrida durante una de las muchas persecuciones y sobresaltos que contiene la segunda parte de la película. Es también un chico al que la experiencia ha hecho desconfiado, no solo de profesores/as de español o asistentes sociales sino sobre todo de “la policía” y sus actuaciones arbitrarias, racistas y desconsideradas, contra la que arremete, en un acto de solidaridad, el director del centro (Alex Angulo, en el final de su carrera) donde se encuentra recluido y en el que pasa las noches.
Ese momento crucial que ellos han llamado escena del beso y que sin duda ha decepcionado a un amplio sector del público ante la presencia física de Ibrahim y el evidente deseo de Rafa. Un beso que tarda en llegar y que es ridículamente casto. Rueda presume de la valentía de hablar de la homosexualidad entre menores de edad pero si “no hay contacto físico” muchos espectadores con prejuicios pueden, todavía hoy, tomarlo por una amistad íntima aunque el director incluya apuntes verbales para bloquear varias veces esta interpretación. No obstante observamos un tabú vigente que solo directores (precisamente vascos) como Eloy de la Iglesia[iii], se saltaron en los años convulsos del destape, y es la resistencia en el cine mainstream o de festivales a mostrar el desnudo masculino[iv]

Todas sus aproximaciones se verán frustradas y al final se impondrá el melodrama romántico y social separándolos para siempre. Rueda ha conseguido un filme que se queda a medio camino. En esa carretera que vemos al principio y al final reconocemos ecos de su admiración por Gus Van Sant «My own private Idaho«; temas como la xenofobia y las leyes de inmigración surgen al igual que la homofobia juvenil, el desarraigo, y la ruptura de la soledad o su reencuentro con la soledad pero nada es desarrollado, como no se desarrolla esa relación que comienzan los dos protagonistas, siempre a punto de demostrarse afecto pero atrapados en la autorepresión o sujetos a los dictados de un entorno filmado con ritmo lánguido, bellas imágenes, buena música pero escaso entusiasmo por desarrollar la pasión que enciende y levemente lastrado algún exceso efectista y melodramático en el resultado final.
El plano final de Rafa sentado solo y pensativo, triste y nostálgico en su pupitre, acariciando ese amuleto de poderes ocultos nos dice que «A escondidas» es un inteligente pero algo desabrido, asexuado y previsible alegato contra la intolerancia; que toca muchos puntos de desarraigo social (en el que los/as asistentes sociales juegan un papel poco o nada efectivo en la práctica y la policía una función meramente represora y con tintes racistas), pero no se permite nunca llegar demasiado lejos.

Podemos concluir que nos hemos centrado en un buen film, bienintencionado, pero altamente frustrante, sobre todo después de oír las declaraciones de sus dos protagonistas, dos jóvenes casi debutantes. Ambos coinciden en lo arduo que fue “la escena del beso”. Si todavía hay espectadores o críticos que pueden decir que han visto una historia de amistad, afortunadamente también los hay, cada vez más, que pueden afirmar que “no han visto ninguna escena con beso”. Me podéis decir «bueno ¿y tan importante es el beso?” Así “de entrada” no, pero no olvidéis que “Encadenados” de Hitchcock, en el Hollywood de los cuarenta, se anunciaba con el reclamo de “El beso mas largo de la historia del cine”.
Rueda opta por mostrar breves sueños de Rafa e imágenes desorganizadas temporalmente para contarnos la atracción creciente entre los dos muchachos. También se vale de juegos competitivos donde deben, de una u otra forma, demostrar su fortaleza. destreza o virilidad de cara a su propio grupo y contra “el otro” como en esos torneos de waterpolo en la piscina cubierta donde la rivalidad se convierte en miradas cómplices y reacciones inesperadas que hacen sospechar a unos y otros que “algo raro está pasando”. Aún hoy en día entre los estudiosos del género y la sexualidad – en su vertiente más oficialista, conservadora y/o científica – hay cierta resistencia a utilizar términos como masculinidad o heterosexismo en tanto que en los grupos sobre masculinidades, allí donde empiezan a existir, siempre se cuestiona la masculinidad en relación con la opresión de la mujer y rara vez en relación con la homofobia, el heterosexismo o la transfobia u otras vivencias diferentes de la masculinidad, diferentes e incluso opuestas a las hegemónicas.
En este sentido «A escondidas» teje una serie de subtemas interesantes como la relación de la masculinidad con la raza, de la homosexualidad con la vivencia de una masculinidad adolescente, no necesariamente distinta, pero si camino de la marginalidad o marginación y el abandono de la pandilla como uno de los elementos todavía persistentes de agrupación en los lugares donde la masculinidad y la homofobia se construyen como primas hermanas, unidas a concepciones vagas en torno al honor, la raza, la lucha y la pertenencia o la exclusión.
Fouz Hernández, Santiago Cuerpos de cine. Masculinidades carnales y la cultura popular contemporáneos. Bellaterra, 2013.

