Hay un viejo lema feminista que dice “Las chicas buenas van al cielo, las malas a toda partes”. Esto también es aplicable a algunos chicos del cine underground o de serie B de los años sesenta o setenta en el cambiante Hollywood del momento en el que fueron “malos”, “rebeldes con o sin causa” o, al menos, intentaron serlo. Y lo hicieron desde diversas formas de disidencia algunas teñidas de esnobismo (Warhol y la Factory) otras de voluntad rompedora (Kenneth Anger, Jean Genet, Curtis Harrington, Barbara Hammer, Dennis Hooper, Roman Polanski, Roger Corman, Nicholas Roeg, George A. Romero, Shirley Jackson….). Las complicadas relaciones entre el cine de terror y cuestiones como la economía y sus crisis, el capitalismo y sus fases, la raza, la etnicidad o el racismo, la mitología urbana y los cambios sociales en la esfera privada, el género, la diversidad funcional o, en este caso, las diversas formas de vivir la sexualidad no han sido, al menos por estos lares, estudiados con la suficiente vocación, menos aún en el ámbito académico español, salvo excepciones como Alberto Mira, Juan A. Suarez, Pilar Pedraza y unos cuant@s más. Tampoco su relación con lo corporal como espacio de reinvención o cruce de saberes y poderes, de discursos, narraciones y fetiches (el poder que, a la manera foucaultiana, construye y nombra al cuerpo y a su exterioridad así como su posición y valor en el ámbito social). Un fetichismo que remite a los viejos clásicos de James Whale, Tod Browning, Edgar Ulmer o a las películas producidas por Val Lewton como “La mujer pantera” o “Yo anduve con un zombie”.

A pesar de la lenta introducción de los estudios de género en algunas universidades, en España estamos muy atrasados, y en la Castilla profunda, con sus academias tomadas por caciques y oportunistas, seguiremos estándolo por largo tiempo. Si, efectivamente, hay lecturas psicoanalíticas de “Psicosis” y “Los pájaros” o cuasifeministas de filmes como “Marnie” o “Klute” o los filmes de Chantal Akerman o Pilar Miró. Si, por ejemplo, Teresa de Lauretis se ha aproximado a filmes como “A contratiempo” de Nicholas Roeg o “Rage” de Sally Potter algunos de estos análisis se han quedado algo antiguos o ya se nos caen de puro previsibles y repetitivos. En el contexto español el feminismo académico no ignora “lo queer” pero tampoco lo entiende en su totalidad o lo despacha desde cierto apresuramiento, cuando no desde posiciones hostiles. También podemos encontrar lecturas sociológicas – comunistas o anticomunistas – de filmes como “La invasión de los ladrones de cuerpos” de Don Siegel, “El beso mortal” de Robert Aldrich o la posterior “El mensajero del miedo” de John Frankenheimer. Filmes que han resistido el paso del tiempo sin dejar de ser casi icónicos del momento en el que fueron rodados, con sus códigos estéticos en denso blanco y negro y un ambiente sociopolítico marcado por la guerra fría y la paranoia anticomunista. Mundos urbanos malsanos o rurales cercanos a la hora de las brujas, han adquirido significados cambiantes.

La conexión de las brujas con el diablo o la adoración a Satán da también lugar a posteriores equívocos de género igual que el papel de éstas y la ciencia médica en la historia de la salud del pueblo en general, y las mujeres y minorías sexuales en particular. La historia de los años 60 y 70, la serie B y el nacimiento de los movimientos sociales en pro de los derechos civiles nos hace descubrir extrañas perlas en el océano del llamado “cine maldito”, o el emergente cine off-Hollywood, la serie B de calidad, hoy llamada «cine de culto».
Una generación surge harta de la guerra fría y los esquemas caducos del cine clásico de Hollywood en su rama más conservadora o dominada por los grandes estudios. Filmes como “Psicosis” de Hitchcock o algunos de los producidos por la llamada generación de la televisión, también surgida del Broodway de finales de los cincuenta (Lumet, Ritt, Frankenheimer, Penn, Pollack) revolucionan los gustos del público que ya no siempre se fija en los “grandes estrenos” o las producciones más espectaculares, sin abandonarlas nunca del todo y volviendo a ellas en décadas posteriores.
Un nombre misterioso surge de la entonces furiosa marea de las joyas de cine de terror de Serie B. A la sombra de los grandes nombres del nuevo cine de terror como Robert Aldrich, Richard Fleischer o el citado Polanski. Se trata de Cutis Harrington, que debutó en el largo en 1961 con la sensible aunque algo descompensada “Night Tide» protagonizada por un jovencísimo Dennis Hooper (Easy Rider) o una década después con la perturbadora “¿Qué pasa con Helen?”, un atípico híbrido entre el thriller psicológico, el musical retro y el gran guiñol o la a la vez exquisita y atroz “Aunt Roose” (¿Qué fue de Tía Rose?), probablemente su obra maestra en cuanto a pretensiones y logros. Si en la primera aprovecha la juventud de Debbie Reynolds para un papel de mujer “que finge” para olvidar un pasado atroz, en ambas aprovecha también los recursos de una madura e intensa Shelley Winters para dos personajes bien diferentes pero igualmente atormentados y cercados por el desequilibrio psíquico hasta llegar al asesinato en serie.

Todas las películas de Harrington de los 60 y 70 fueron protagonizadas por actores y sobre todo actrices en decadencia inmersas en la particular inmersión de Harrington por el subgénero del Grand Guignol iniciado ya por Robert Aldrich en filmes como «¿Qué fue de Baby Jane?«, aunque Harritong, ya desde “The Queen of blood”, se aventura a experimentar con las texturas del cine en color de finales de los cincuenta y a llegar más lejos en los aspectos más oscuros, ambiguos y perturbadores de sus personajes y sus fábulas de bajo presupuesto. En algunas fotos, no sabemos si deliberadamente, da una imagen a la vez aniñada y fantasmal de sí mismo, como un muchacho introvertido pero nada inocente, utilizando ventanas o filtros para verse y retratarse a sí mismo. Algo así como una nueva versión de los jóvenes tristes o taciturnos de los cincuenta, menos triste y con una belleza más insolente y bizarra, como las de sus mejores películas y algunos de los escasos personajes masculinos de su obra. Leo en diversos sitios que fue o intento o, a su manera, resultó ser precursor del “new queer cinema” de los noventa y que estuvo cerca del mundo satánico, sadomaso y Homocore de Jack Smith o Kenneth Anger (que exaltó dentro de un esteticismo muy particular las subculturas fetichistas y S/M en sus filmes) igual que de las fantasías truculentas o góticas del prolífico Roger Corman, acercándose al universo literario de Edgar Allan Poe.
Corman también rodó una película ferozmente antirracista de bajo presupuesto llamada «El intruso«. Es curioso que Anger que llegó a la cima de su cine más oscuro en la a ratos fascinante a ratos terrorífica o afectada “Scorpio Rising”, saturada de connotaciones homoeróeticas y también S//M acabase como cronista oficial de los vicios privados y las públicas virtudes de algunas “estrellas” de su época. Cerca de su círculo casi satánico se movieron gente como James Dean, Sal Minero, John Lennon, Andy Warhol, Roman Polanski, Mia Farrow, Karen Black, Natalie Wood, Roger Corman, Jack Smith, Barbara Steele entre otros/as. También Harrington y Dennis Hopper (“Easy Ryder”), que apareció en dos de sus filmes más famosos. También algunos de los primeros rockeros glam y algunos de los beatnik más reevindicativos o extremos en sus propuestas éticas, políticas y estéticas, aunque destacaran casi siempre más en el terreno musical que en el cinematográfico (con híbridos como la mítica “The Rocky Horror Picture Show” de Jim Sherman)

Las ciencias ocultas desafiaban los dogmas de fe de la puritana Norteamérica de los «family values» (con sus ya degradadas religiones oficiales) y a la vez constituían un extraño laboratorio para experimentar con cosas como el tarot, las drogas, el budismo, la contra-religión, los viajes o las llamadas prácticas sexuales alternativas. Y la sangre. La sangre en blanco y negro o en color solo se veía en determinados géneros como el cine negro o el melodrama. La sangre a borbotones vino a partir de la ducha de “Psicosis”, los ataques de “Los pájaros” o las andanzas de los vampiros en su evolución en la historia del cine desde «Nosferatu» a los vampiros byronianos, herzogianos, coppolianos o las vampiras, brujas, mujeres panteras y, sobre todo, los “muertos vivientes” sedientos de ese líquido tan especial. La sangre cobró mucha vigencia a finales de los años ochenta y principios de los noventa a raíz de la pandemia del Sida, sus representaciones y, como diría Susan Sontag “sus metáforas”. De pronto había sangre contaminada, sangre inocente y sangre mezclada con semen y lágrimas. La necesidad de hacer prevención hizo que se volviese a repensar la sangre como fluido con connotaciones sociales y hasta políticos. Aunque para entonces ya habían llegado los psicópatas carniceros de John Carpenter o los monstruos sedientos de carne nueva de Cronenberg por no hablar de los Zombis que se alimentan de carne humana en los populares filmes de Romero que refinaría su estilo en filmes como la estupenda «Martin«, sobre un atormentado, antisocial y joven vampiro.
Las películas de Harrington exceptuando su elegante opera prima, con algo de velada revisitación de “Cat people”, el inolvidable clásico camp de Jacques Tourneur, – o, de otra manera, de la hermosa e incomprendida “La mujer en la playa” de Renoir – no destacan por una calidad sobresaliente ni unitaria ni, desde luego, una producción de primera. También hay algo de ese halo de frontera entre la fantasía, la ilusión y la cruda realidad que encontramos en toda su potencia en la mítica “Vértigo” de Hitchcock, rodada en los paisajes de un San Francisco irreal, pre-Stonewall, misterioso e hiper-romántico.
Si “Night Tide” decepciona es porque, a pesar de su elegancia formal y su uso atrevido de la luz y la fotografía contrastada en blanco y negro, su argumento no está desarrollado con soltura, y su cuidada ambientación no compensa con una trama sólida ni unos personajes con la entidad suficiente como para enganchar al espectador. Tampoco los intérpretes están especialmente inspirados. Recordamos sobre todo la extraña poesía visual depositada en su primer filme y en algunos fragmentos de sus posteriores películas.
“Marea nocturna” surgió al tiempo que otras rarezas del cine fantástico o de suspense psicológico como “El carnaval de las almas”, “Dementia” o “The inocentes” del británico Jack Clayton, sobre Henry James, todas de diversas calidades y estilos. Desde su primer filme, un texto abierto a lecturas varias y protagonizado por su amigo Dennis Hooper como un joven e inmaculado, ingenuo y algo inexpresivo marino que parece salido de “La tempestad” de Derek Jarman locamente enamorado de una mujer aparentemente fatal, una sirena traída de Grecia. El realizador busco la rentabilidad económica en sus largos, sin dejar de hacer incursiones breves en el cine experimental y visualmente iconoclasta. No es casualidad que el protagonista sea un joven marinero al igual que lo son en algunos de los trabajos experimentales de su amigo Anger, que unía la sexualidad explícita con las exhibiciones de poesía y lirismo, así como a la atmosfera de sexualidades clandestinas de los EEUU en los sesenta, particularmente en las zonas costeras como en las que transcurre la particular odisea interior y exterior del protagonista de “Marea nocturna”. Un joven marino enamorado de una extraña e irreal “femme fatale” que parece evocar la figura fantasmal de una sirena.

En esa época los soldados que volvían de guerras o expediciones crearon progresivamente las primeras comunidades gays en San Francisco, o en la Costa Californiana, barrios en reforma que vieron nacer al autor de “Marea Nocturna”. Harrington quiso seguir haciendo cine y abandono la experimentación elegante y expresionista opera prima realizando algunas películas fantásticas y de terror de serie B como como las a la vez refinadas y brutales “¿Qué pasó en Helen?” o, sobre todo, ¿Qué fue de tía Roo?, una versión poética, incisiva y perversa del cuento clásico de “Hansel y Gretel” con una inmensa e irónica Shelley Winters (oscilando entre lo terrorífico y lo patético) y reminiscencias de “The night of hunter” en tecnicolor y con una calidad solo comparable a títulos como “A las nueve cada noche” o “El otro” de Jack Clayton y Robert Mulligan respectivamente, en su reconstrucción de los miedos de la infancia y las neurosis de la madurez, con una evocadora fotografía y paleta cromática de Desmond Dickinson. O la más delirante “The Queen of blood” que surgió de su admiración por obras mas celebradas de la ciencia ficción pulp más atrevida, inquietante o colorista, con ramalazos kitsch que van desde «Planeta Prohibido» a algunos títulos de Richard Fleischer. Destinada al gran público pero con claves e iconos kitsch y camp que empezaban a adquirir doble sentido, adelantándose a la ciencia-ficción de Samuel Delaney o Úrsula K. Leguin.
En otros de sus filmes encontramos el eco de “¿Qué fue de Baby Jane?” o “Canción de cuna para un cadáver” de su admirado Robert Aldrich, autor de la lésbica y discutida “El asesinato de la hermana George”, reivindicada con reservas por Judith Hallbestram en su ensayo “Masculinidad femenina”. Es el caso de la obra ¿Qué le pasa a Helen? también protagonizada por una inspirada Winters (Helen) y una más que esforzada Debbie Reynolds (Adele), y que entran en los códigos del suspense, el retrato social, el melodrama psicológico y la ironía o el pastiche del gran guiñol a la medida de viejas glorias, dando lo mejor de sí mismas en sus enfrentamientos entre ellas o con el mundo exterior. Un mundo exterior que se cierra sobre sí mismo, pasando de lo atractivo a lo hostil, igual que el realizador pasa de lo glamoroso a lo horripilante con gran destreza.
Harrington se mueve en esos terrenos de inseguridad laboral en la meca del cine y desencanto existencial con la sociedad de su tiempo que tan bien retrató Allen Ginsberg en su mítico poema “Aullido” que vuelve a estar de moda en la Europa de la “crisis” y los desahucios. “No safe to work”. Detrás de la orgía bisexual, la figura de Alistar Crowley, el mago-mago-entre los magos. Ecos satánicos, hard o light. Deambulando por estos cines de barrio es donde pudo ver los clásicos del cine de terror más iconoclasta de varias generaciones. La iconografía de su primer filme debe algo a Genet pero sobre todo a ese canto fetichista al cuerpo masculino del provocador Kenneth Anger con el que colaboró como actor en el filme gay underground con resonancias sombrías y transgresoras “Inauguration of Pleasure Dome”.

El gusto de Harrintong por el cine de terror con grandes estrellas “en decadencia” como Shelley Winters, Simone Signoret (Que protagonizó “La muerte llama a la puerta”), Piper Laurie, Debbie Reynolds e incluso la mítica Gloria Swanson (“Sunset boulevard”) – rozando el ridículo pero sorteándolo con habilidad – nos refleja un mundo donde la diferencia sexual a la vez se sublima en la hiperfeminidad camp, en el rencor ante la soledad o el fracaso amoroso o se difraza en modelos de masculinidades entre delicadas y atractivas, en ocasiones objetualizadas y en otras tentadas por cruzar algún margen entre lo que hacen y lo que se espera de ellos tanto en lo social como en lo que se refiere a las nociones usuales del sexo y el género.

Su incursión en la ciencia ficción más kitsch se produjo con “Queen blood” (aquí traducido prosaicamente por “Planeta sangriento”) donde una misteriosa, imprevisible y exuberante extraterrestre (cercana a la imagen de la moderna drag queen) siembra el terror en una aburrida estación espacial. Harrintong descubrió de joven su pasión por el cine más que en la universidad viendo las películas de Browning (Freaks. Muñecos infernales), Whale (El caserón de las sombras) Tourneur (“Cat People”, “I walked with a Zombie”, “Night of the Demon”) Robson (“Bedlam”, “La séptima víctima” “El barco fantasma”), Robert Wise (“El ladrón de cadáveres”, “The haunting”) o algunos títulos del expresionismo alemán que reflejan en sus luces y sombras los contrastes de una sociedad enferma.

Pero Harrintong en las antologías de los cinéfilos de terror de culto rara vez aparece como un precursor, a su manera, del new queer cinema de Haynes, Greyson o Jarman, sino como un autor de delicias del terror de serie B tirando a palomitero, que gustan precisamente por su imperfección, igual que algunas comedias negras de William Castle (Homicide, The House of Haunted Hill, 13 fantasmas, Lucy Harbin) o algunos dramas cercanos al fantástico de serie B de Freddie Francis (Doctor Terror, El mundo de los Asby), Terence Fischer, Basil Dearden, Mario Bava o Darío Argento. De aspecto tímido y menudo Curtis Harrintong (actor y director) no triunfó como gran autor aunque consiguió conjugar el cine de miedo, que, casi siempre, siempre daba buenos resultados en taquilla, con una forma bizarra y hasta algo perversa de entender las relaciones humanas y las mentalidades de sus criaturas. Fue asesor de Bill Condon en el filme “Dioses y monstruos” sobre la ordalía homofóbica que tuvo que sufrir el mítico James Whale (amigo personal de Harrintong y director de “Frankestein” y “La novia de Frankestein”) en el puritano Hollywood de los años treinta. Tanto Whale como Anger, Castle y Hooper estuvieron en el círculo entre oculto y desinhibido donde se movió Carrington como cineasta francotirador y hombre gay en busca de nuevas formas de expresión del deseo y la mirada homoerótica, muchas veces sublimada en argumentos destinados al cine de masas, de terror “a la mode” o dentro de la serie B, lo que limitaba el presupuesto pero, hasta cierto punto, favorecía la libertad creativa y daba alas a propuestas originales.

Por Eduardo Nabal
