Es difícil, que, a pesar de su pesimismo reflexivo y su irónica mirada sobre las instituciones, podamos articular una ideología política concreta en torno a la figura del realizador canadiense David Cronenberg, tan dado a la paradoja como sus historias y algunos de su personajes, humanos o no. Ahora bien, muchas sus películas pueden ser interpretadas en un sentido o en el contrario, como fábulas o como distopías, como simples películas de terror o como sinuosas alegorías entre lo filsófíco y lo sociopolítico. Como su cine ha navegado entre lo comercial y lo independiente, aunque a estas alturas ya esté considerado un autor con personalidad inconfundible.

Está claro que el ya veterano realizador recela de la política estadounidense conservadora como apunta en «La zona muerta» y que no cree en la neutralidad ideológica de las instituciones científicas, ni en la inocuidad de los medios de comunicación. Cronenberg no es religioso, si acaso tiene arrebatos de filosofía trascendental en cierta línea beat pasada por la moderna ciencia-ficción; tiene una relación extravagante pero singular con el concepto «mujer», no pone límites a la carne ni a los géneros sexuados en su revisitación de la narrativa de Lucien Ballard o Ursula K. Leguin. Sin embargo la atmósfera en que creció y sus estudios lo acercaron al psicoanálisis y sus prejuicios en continua transformación y revisión más de lo que él mismo quiere reconocer. El director de «Dead Ringers» empezó biomedicina y estaba fascinado por ese mundo anárquico que él veía a través del microscopio, poblado de elementos vivos destinados, en ocasiones, a causar enfermedades o alteraciones- pero pronto se apasionó por la literatura universal, con preferencia por los clásicos de la contracultura estadounidense y por algunos autores europeos como Kafka o Nabokov. En su versión de «El almuerzo desnudo» banaliza la ira anti-sistema de la novela más provocadora del beatnik Burroughs pero sobre todo, como el propio Cronenberg reconoce, le quita la carga homosexual porque, según sus propias palabras, personalmente no la comparte. Nos guste o no su decisión, le sale una película interesante pero no aconsejable ni para los adoradores de Burroughs ni para los que recelan del cine críptico y algo autocomplaciente. Cronenberg -como «Videodrome»- tiene una filosofía, y eso lo hace «potencialmente peligroso» o, mejor aún, potencialmente subversivo o renovador en un sentido extremo del término, aunque no siempre tan renovador como pretende.

Algunas de sus declaraciones son misteriosas porque entroncan con ideas tomadas de las modernas teorías sobre el género y su ubicación en un entramado sociopolítico, pero surgen de sus propias reflexiones que pueden ir de Freud al existencialismo, del ataque a los valores conservadores a aproximaciones minuciosas a personajes sin más interés que su cercanía a lo abyecto o a géneros como el terror de serie B o la ciencia-ficción con pretensiones. La voz en off con la que comienza «Vinieron de dentro…«, los finales terroríficos de películas como «Inseparables«, o su alusión a políticos estadounidenses como Reagan o sus secuaces nos hacen ver en él a un hombre si no progresista, al menos alérgico a lo acomodaticio, solitario, misántropo (ya desde sus primeros cortometrajes), socialmente algo perturbador cuando arremente contra la imparcialidad de la ciencia o las sexualidades normativas, con mayor o menor acierto.
Cronenberg declaró una vez
Hablo de un mundo sin hombres en el que hay mujeres. Los hombres han de aprender la feminidad que ha desaparecido del planeta».
En otros momentos son las mujeres o lo femenino casi el único sentido de la historia, aunque rara vez aparezcan de forma natural («ExistenZ«). A estas alturas decir que el realizador canadiense odia o teme a las mujeres es un poco simple, aunque haya semillas ciertas en esta afirmación. El realizador también ha declarado que el artista deja de ser un ciudadano y que, en cierto sentido, todos somos científicos locos con el mundo como laboratorio, lo que da una dimensión anarquizante a algunas de sus propuestas aparentemente barrocas y morbosas. Como los gemelos de «Inseparables», teme a lo inaprehensible en ese continente oscuro que para él es el cuerpo humano (la carne que cambia o muta, el cuerpo que no conocemos por dentro) Lo humano en general y lo femenino en particular son misteriosos, pero también está dispuesto a llegar más allá de lo previsible en todos los sentidos. En su última película, tras el relativo descalabro de la pretenciosa y claustrofóbica «Cosmópolis» –basada en la novela homónima de Don Delillo-, realiza la que es, aunque solo en cierto sentido, su sátira social mas evidente, donde lanza su vitriolo contra los pequeños y grandes monstruos que pueblan las colinas del Hollywood en nuestros días.

«Maps to the sarts» parece al principio cercana a las comedias negras, óperas corales o melodramas irónicos contra la vulgaridad y la codicia de la Meca del Cine, convertida en un nido de serpientes que, en ocasiones, se devoran a si mismas. Algo así como una versión contemporánea de «Sunset Boulevard» o «Como plaga de langosta«. La zafiedad, la competitividad, las triquiñuelas y el oportunismo intentan, sin éxito, disfrazarse de un nuevo glamour, pero pronto el director lleva esta historia sobre las miserias del Hollywood actual a su terreno carnal, irónico, delirante y enfermizo, a su búsqueda de la poesía y la belleza en medio del horror, a ver el lado mágico que puede habitar entre tanta podredumbre y cercanía a la locura y la excepción. Es su visión cáustica del Hollywood de hoy, poblado de seres egocéntricos y temerosos, donde las series de televisión luchan por desbancar al formato largometraje del cine, pero no se desmarcan de los esquemas del género- incluido el cine fantástico- sino que lo vulgarizan. A pesar de que podemos encontrar muchas citas a famosos (igual que en la película coral «The Player» de Altman), las miserias del Hollywood de nuestros días quedan en segundo plano cuando el realizador vuelve a usar el recurso bergmaniano de los fantasmas del pasado que ya usó en «Cosmópolis», un filme este cuya acción transcurría – en su mayor parte – en una enorme limusina, un elemento clave también en su último filme, en el que también aparece el enfermizo Roger Pattison, esta vez en un papel secundario. En esta ocasión, sin embargo, estamos ante una historia de vidas cruzadas y truncadas que de pronto despega hacia el mundo de Cronenberg a través del único personaje algo simpático de este circo dorado, encarnado por la joven y resultona Mia Wasikowska, una joven, amable, delirante y enigmática pirómana que vuelve en busca de su familia y, dicho suavemente, no es bien recibida por ella.
Un complejo entramado de lazos familiares, rencores, heridas, secretos semiguardados y profesionales dudosos tejen la tela de araña donde quedan atrapados los principales personajes de esta película cínica y desoladora en la que, como en otro de sus trabajos, se cuelan doctores extravagantes, pacientes impacientes y criaturas deformes, por dentro o por fuera. Algunos personajes secundarios nos recuerdan a los adolescentes y jóvenes obsesos, competitivos, descerebrados, deslenguados y hasta psicóticos de Larry Clark – centrándose en la figura de un niño prodigio adicto a las drogas y con visiones paranormales -, y el personaje de Julianne Moore tiene ecos de una Norma Desmond vulgarizada, llena de manías, con traumas, heridas y complejos infantiles que quiere proyectar encarnado a su madre en la gran pantalla. Cronenberg sabe jugar a tiempo sus cartas para que el espectador no se quede tan solo con una de esas visiones poco amables del Hollywood (sinédoque de la pesadilla instalada en EEUU) de una u otra época, un tipo de retratos que ya surgieron con el cine mudo. Cronenberg vuelca toda su amargura y vitriolo sobre esos pequeños o grandes monstruos, no exentos de lado humano, que crea Hollywood, un lugar donde – como realizador canadiense – siempre se ha resistido a instalarse.

Las habituales influencias como la ciencia ficción más o menos intelectual, Kakfa, Ballard, Burroughs, McGrath, el psicoanálisis o la novela policiaca moderna (género cultivado por su padre en otra línea) no desaparecen del todo a pesar del circulo de personajes detestables entre los que nos movemos, mujeres y hombres por igual provenientes de una fábrica y vertedero de grandes pero atormentados egos que chocan con violencia, acercándose al melodrama coral. Sus ataques a las sectas de la medicina o la religión en temas o cuestiones como la cienciología, diversas versiones del budismo o la meditación «new age» son lo más ácido de una película que ahonda demasiado en la psicología tormentosa de sus personaje s- visualizando sus fantasmas – como para poder ser definida como cine social, pero tampoco convence en su lado humano porque abarca mucho pero no aprieta lo suficiente. Porque los temas a los que hace referencia Cronenberg, en este caso en forma de clan familiar rico, mafioso, incestuoso y decadente, no son inventados como el circulo de jugadores de «ExistenZ», los fetichistas del automóvil y el choque de «Crash» o los telépatas perseguidos de «Scanners»; son sectas o religiones y terapias aparentemente alternativas que circulan en el Hollywood actual (y por extensión en muchos lugares del mundo occidental) igual que las operaciones de cirugía estética, las luchas por conseguir un papel etc. Pero, tal vez, tampoco son el tema central de «Map to de stars», un filme que va cerrándose a medida que revela los secretos íntimos de sus protagonistas, sin abandonar el humor negro, la histeria personal o colectiva o los guiños cinéfilos no siempre bienintencionados. El final de «Map to the stars», después de varios episodios entre el hiperrealismo y la comedia negrísima, da un aliento poético a una historia o «historia de historias» sórdida donde las haya, acercando sus adolescentes «supervivientes» a esas criaturas de Gregg Araki que forman parte de un mundo no diseñado por ellos ni, siempre, para ellos.

Las reacciones contradictorias confirman que, al margen del alcance de sus valores, el realizador canadiense ha conseguido su propósito. Incomodar a propios y ajenos. Curiosamente el último filme de Cronenberg acaba con una palabra que el capitalismo y sus maquillajes han devaluado al máximo (bajo formulas económicas insolidarias) pero forma parte de su universo y él la reivindica para la ocasión: la palabra Libertad, extraída de un poema de Paul Eluard, emblemático durante la resistencia al nazismo.
En la salud reencontrada
en el riesgo desaparecido
en la esperanza sin recuerdo
escribo tu nombre
Y por el poder de una palabra
vuelvo a vivir
nací para conocerte
para cantarte
Libertad
Trailer Versión Original de «Maps to the Stars»:
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Trailer Español de «Polvo de Estrellas»:
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Por Eduardo Nabal
