Si William Wyler ha sido muchas veces clasificado como el típico director hollywoodiense, aplicado y obediente, tal consideración no deja de ser parcial y sesgada: parece que algunos se empeñaran en reducir la obra del alsaciano a sus títulos más populares, que no mejores, como puedan ser JEZEBEL (1938), MRS. MINIVER (1942) o BEN-HUR (1959). Ya no es cuestión de que apenas se conozca una porción importantísima (por cantidad y por calidad) de su obra; es simplemente que al cineasta se le ha aplicado constantemente un interesado baremo, cuando no una ceguera selectiva. Por ejemplo: comprendo que se prefiera (como es mi caso) la magistral THE MAGNIFICENT AMBERSONS (El cuarto mandamiento, O. Welles, 1942) a THE LITTLE FOXES (La loba, 1941), pero es poco menos que perverso que se elogie la primera como un desafío a las convenciones de Hollywood por el uso de sus planos secuencia (claro, es que es de Welles) y se acalle que esta estrategia ya había sido anticipada con brillantez por Wyler en multitud de planos larguísimos de THE LITTLE FOXES…; sólo que algunos tan sutilmente pautados, frente a los mucho más evidentes de su colega, que, al parecer, pocos han advertido su estilizada planificación.
>Sorprende su ritmo brillante y ligero, que anticipa tanto la velocidad de las mejores comedias del sacrosanto Hawks (que, pese a sus muchos forofos, a partir de la década de los cincuenta se convertiría, él sí, en prototipo de director académico) como, por la unión de sus planos a base de ritmos sincopados, ¡la metodología de montaje de Bresson!
Pero lo que más sorprende en esta joya desconocida es la persistente utilización de eso que hoy, cuando el séptimo ¿arte? es más académico que nunca, los cinéfilos y cinéfagos puritanos consideran una herejía, y los más indulgentes algo así como una perversión: el salto de eje. Los momentos más importantes de COUNSELLOR AT LAW, desafiando la fatua que la academia del cine actual le ha lanzado a esta posibilidad formal, prácticamente están construidos a base de saltos de eje con resultados deslumbrantes saltos que ya estaban presentes en A HOUSE DIVIDED, sólo que aquí utilizados metódicamente con fuerza inusitada. A veces se unen elegantemente planos en movimiento sin que se perciba el salto efectuado >pero las más sirven para confrontar posiciones distintas de los personajes, no sólo ajustando la puesta en escena a realidades contrapuestas, sino creando una violencia casi siempre soterrada en las crueles relaciones entre ellos, que excepcionalmente puede alcanzar una deliberada brusquedad.
>Mención aparte merece ese momento en que George Simon, el abogado del título (John Barrymore), mira por la ventana en un lóbrego atardecer. El salto de eje, al pasar de un plano dorsal a otro frontal, genera en este caso una violencia formal que rinde clara y acuciante la idea del suicidio que le ronda la mente.
Con todo, tal vez el momento más osado por su violencia formal sea aquel en el que, con el salto de eje, George y Roy Darwin (Melvyn Douglas) intercambian escalas y posición en el plano. Aquí el efecto es perturbador, por claramente perceptible y chocante… pero está lejos de ser un capricho esteticista (o antiesteticista) de Wyler: no sólo denuncia choques subterráneos en la apacible reunión, sino que los dos hombres se muestran en los sucesivos cuadros como intercambiables de hecho, Cora, la esposa del abogado, lo sustituirá a no tardar en su corazón (lo de corazón es una forma de hablar) por el segundo.
Mira por dónde, Wyler es un director que le abrió caminos creativos al cine…, aunque algunos los transitara él solito.
