Los estrenos, hace unas semanas, de Life (vida), y el más sugerente e hypeado Alien: covenant, nos retrotraen a un género, el de la ciencia-ficción, tan antiguo como el propio celuloide y en sus múltiples variantes (la invasión extraterrestre, las realidades y dimensiones alternativas, el futuro más distópico que utópico, los viajes en el tiempo y un largo etcétera), así como capacidades de producción (desde los blockbusters de Hollywood como Interstellar hasta el florecimiento de provocativas, ingeniosas y pequeñas propuestas como Orígenes o Ex Machina), el cual ha revivido en los últimos años hasta alcanzar una forma envidiable y hasta puede que una Edad de Oro, cuyas razones pueden deberse a que muchos de los directores actuales, veían, en su infancia y adolescencia, el relativamente inminente siglo XXI como el futuro más absoluto, más inabordable, más imponente, más asombroso y también, en alguna que otra ocasión, más aterrador.

Aquí va lo más granado (quizás no las mejores, ya que además las listas son muy subjetivas) que se ha realizado desde el cambio de milenio en un género que depende exclusivamente de ideas originales, ideas que expandan la mente del espectador más allá de las convenciones del mundo en el cual vive. Se abordarán la gran mayoría de temas que han fascinado al género y a sus autores, como las invasiones extraterrestres, los futuros utópicos & distópicos, los viajes en el tiempo, la clonación, la exploración de otras galaxias, la extinción de la raza humana, la programación y la inteligencia artificial y un largo etcétera. Comencemos:
I.A. (Steven Spielberg, 2001. Estados Unidos):
Adaptación de la cual solo Spielberg podía hacerse cargo, en el que para much@s es el film de ciencia-ficción más transcendental (para otr@s es un engorroso aburrimiento) desde 2001: una odisea en el espacio (1968), de Kubrick, de quien por cierto heredó el proyecto, pues el cineasta inglés falleció. Ambientada en el futuro, trata sobre la creación de androides con una increíble apariencia humana. Un niño de estos será adoptado y criado por una familia como si fuera su propio hijo. Pero a la familia le costará un mundo acostumbrarse al robot y terminarán por abandonarlo. Larga, no siempre fácil de digerir, pero resulta inteligente y probablemente uno de los trabajos más, sino el que más, personales del autor de E.T., cuyo recuerdo y reputación aumentará con el paso del tiempo. Recuerda a la sobrevaloradísima Blade runner (Ridley Scott, 1982) en bastantes aspectos.
Donnie Darko (Richard Kelly, 2001. Estados Unidos):
Un ejemplo indie, muy indie, de cine fantástico, harto inusual así como también, en su momento, verdaderamente estimulante. Supuso la primera realización de Richard Kelly (26 años tenía por aquél entonces), luego firmante de la bastante inferior The box, con un relato sobre un joven en tratamiento psiquiátrico, el cual tiene un amigo imaginario (un siniestro conejo gigante para ser exactos) que le convierte en sonámbulo con frecuencia, predeciendo además el fin del mundo en pocos días, aderezado con saltos en el tiempo. Imprescindible verla varias veces para comprenderlo todo, como, entre otras cosas, su poder de fascinación, ya que produce multitud de preguntas a las que no se encuentra una respuesta fácil, un poco al estilo de ciertos largometrajes de David Lynch. Convirtió en una estrella de su protagonista, Jake Gyllenhaal, y la película ha ido engendrando un culto que no ha cesado con el paso de los años.
La fuente de la vida(The fountain, Darren Aronofsky, 2006. Estados Unidos & Canadá):
Una de las propuestas más ambiciosas, elaboradas y valientes de los últimos años, ingeniosa y riquísima en simbolismo, además de una complejidad que abruma. Posee tres tramas en las cuales los protagonistas son los mismos, Hugh Jackman y Rachel Weisz, solo que en distintas líneas temporales (un científico intenta curar el cáncer de su mujer, que está escribiendo una novela sobre la lucha de los españoles contra los mayas en el siglo XVI y donde un hombre encuentra la fuente de la eterna juventud, que no es otra cosa que un árbol. En la tercera porción de la narración, Jackman flota en el espacio, mientras su mujer se ha convertido en ese árbol). Visualmente hablando es un film arrebatador, además de contar con una música hermosa, pero cuyo triunfo en la memoria de cada espectador dependerá de cómo uno/a se aproxime a él y sobre la visión que él o ella tengan sobre conceptos tan sensibles y metafísicos como la vida, la muerte o la eternidad. Lo que para un aficionado normal se definiría como una película “rara”. El público la rechazó casi por completo en el momento de su estreno, y la crítica no es que pudiera decirse lo mismo, pero a penas la entendió.
Hijos de los hombres (Children of men, Alfonso Cuarón, 2006. Estados Unidos / Gran Bretaña & Japón):
Interesante, aunque tampoco excelsa, interpretación de la distópica novela de la inglesa P.D. James sobre un muy desagradable pasado mañana (2027), en el cual han dejado de nacer niños (el último data de casi dos décadas atrás), de modo que la situación en Gran Bretaña es anárquica y desesperante, además de estar derruida. Un hombre (Clive Owen) deberá proteger a una mujer embarazada. Cuarón, futuro autor de la memorable Gravity, convirtió, gracias a su intensidad, este drama de ciencia-ficción en algo bastante pasable. Nunca se explica el porqué de la situación en la que se encuentra el país, lo cual es de agradecer, centrándose en lo que ocurre en ese momento específico. Cine serio, cruel y adulto, y que por lo tanto no gustará a todo el mundo.
The man from Earth (Richard Schenkman, 2007. Estados Unidos):
hace aguas en momentos puntuales, pero aun así uno de los films fantásticos más económicos (ni un efecto especial veremos), misteriosos, menos conocidos y más interesantes de los últimos tiempos, con la reflexión, la trascendencia y la elucubración como hilos conductores de la narración. Un hombre, en su última noche en un lugar tras años trabajando y viviendo allí, invita a varios amigos – todos ellos científicos además de, como él, profesores universitarios, de modo que cultos- a su hogar, donde les revelará algo inquietante: en realidad tiene catorce mil años. Sus amigos, entre la incredulidad inicial y por seguirle la broma, empezarán a hacerle preguntas, a las cuales el sujeto responde con una convicción inusual. Por inverosímil que evidentemente es, da que pensar y mucho, al menos por lo que respecta a la historia de las religiones. Hay que agradecer la existencia de Internet para ver estas cosas, ya que parece que aún no ha visto la luz comercial en España, en ningún formato, habiéndose realizado en 2007. Fascinante en algún que otro instante.
La niebla (The mist, Frank Darabont, 2007. Estados Unidos):
Frank Darabont abandonó el drama de sus anteriores adaptaciones de Stephen King para sumergirse en otro texto kingiano más, aunque éste instaurado en el género de
horror, con esta excelente fábula con toques alegóricos y socio-políticos, ya que propone el estudio del comportamiento humano expuesto a situaciones extremas, tocando temas como el racismo y el fanatismo religioso. Ambientada en un supermercado donde varias personas están atrapadas por una sorprendente niebla que, de repente, emerge sobre un pequeño pueblo y de la que emanan unas criaturas que nadie sabe de dónde proceden y que irán mermando al grupo. Una puesta en escena excelente y un poder narrativo y vigor que nunca decaen, desembocan en un desenlace terriblemente desolador. Un título que debería ser perpetuado dentro del fantástico del siglo XXI.
Moon (Duncan Jones, 2009. Gran Bretaña):
Potente y muy agradecible muestra británica de ciencia-ficción de nueva hornada, modesta y bastante original, con un Sam Rockwell en el papel de su carrera interpretando a un aislado astronauta en una estación lunar. El realizador, debutante en ese momento (luego seguiría incursionando en la ciencia-ficción (Código fuente), así como el videojuego (Warcraft), no recurre a la espectacularidad que tan fácil le supondría dado el género y variante que abraza. Ganó, justificadamente, el reputado festival de Sitges en su año, que no es moco de pavo. A descubrir por el gran público. *** ½
Señales del futuro (Knowing, Alex Proyas, 2009. Estados Unidos & Gran Bretaña):
A finales de los años 50 un grupo de alumnos de primaria entierra una cápsula del tiempo con dibujos dentro. Una extrañísima niña de entre ese grupo garabatea números alrededor de su dibujo. Medio siglo después el hijo de un físico (Nicolas Cage) encuentra este dibujo con números, que, mira por donde, es un código para identificar cada desastre que ha ocurrido durante los 50 años transcurridos. Impactante, absorbente y ampliamente entretenido relato de resonancias apocalíptico-religiosas, con personalidad aunque acabe deshaciéndose por completo por culpa de de convenciones hollywoodienses, pero antes Proyas (Yo, robot), construye una apreciable intriga, generando a veces incluso terror.
Nunca me abandones (Never let me go, Mark Romanek, 2011. Estados Unidos & Gran Bretaña):
Muy trágica visión del dolor de saber cuándo termina una vida en esta sensacional adaptación del autor que ya diera pie en sus obras a la excelsa «Lo que queda del día» (The remains of the day, James Ivory, 1993). Quizás pelín melosa (le falta un poco de mala uva), resulta no obstante un buen melodrama de ciencia-ficción con toques de cierta realidad, al estilo de Gattaca, con un tono tristísimo y deprimente, ejemplarizado en su fotografía. Esconde una algo enrevesada denuncia social (el asesinato selectivo como “mal menor” en una sociedad que busca un “bien mayor). Alguna escena hacia el final (el desgarrador grito de uno de los protagonistas, un sensacional Andrew Garfield) imprime gran fuerza a la interesantísima historia. No recomendable para enfermos terminales.
El origen del planeta de los simios (Rise of the planet of the apes, Rupert Wyatt, 2011. Estados Unidos):
Extraordinaria propuesta de precuela /reboot, tras la horrible versión perpetrada por Tim Burton, de una de las obras maestras de la ciencia-ficción del cine americano como fue, a finales de los años 60 del siglo pasado, la esencial «El planeta de los simios» de Franklin J. Shaffner, que expone la investigación de un científico (James Franco) para curar el Alzheimer, y que de paso demuestra que convierte a los chimpancés en seres de gran inteligencia. Uno de estos simios, enrabietado, provoca un incidente, lo cual termina la investigación. Franco se llevará otro mono, de nombre César, a casa, y con el tiempo se convertirá en el líder de esa especie, provocando el caos en San Francisco. Su final destaca por su asombro y vigor, y su nivel técnico, con esa captura de movimiento, resulta ejemplar. En 2014 se estrenó su primera secuela, la cual, sin ser mala, está varios cuerpos por detrás de esta.
Looper (Rian Johnson, 2012. Estados Unidos & China):
los viajes temporales en el tiempo de un asesino profesional (Joseph Gordon-Levitt) que se dedica a eliminar personas que vuelven al presente desde el futuro, hasta que no le queda otra que eliminarse a su propio yo (Bruce Willis) tres décadas más mayor, quien le pide ayuda para encontrar al gángster que ha creado ese aterrador futuro. Un concepto de ciencia-ficción interesantísimo, quizás lastrado por un tercio final algo endeble aunque valiente, aunque el conjunto queda como un thriller con la siempre arriesgada paradoja temporal resuelta de forma ejemplar. Un clásico moderno además de instantáneo.
Prometheus (Ridley Scott, 2012. Estados Unidos & Gran Bretaña):
Ridley Scott volvió a lucir gran parte del talento que demostró con sus obras más aclamadas, volviendo al universo de «Alien» (la protagonista femenina es el héroe y hay una especie de robot humano, además de que la estructura sigue las convenciones de aquél clásico), entre el spinoff y la precuela, con una historia verdaderamente inquietante y sobrecogedora: unos exploradores descubre pruebas sobre los orígenes ¿extraterrestres? de la Humanidad, lo que les lleva a un viaje a los confines más recónditos del universo. Allí, tendrán que luchar por salvar el futuro de la especie humana. Intérpretes del momento como Michael Fassbender o Noomi Rapace, entre otros, un guion fascinante (rozando la metafísica de 2001: una odisea del espacio) y un estilo visual como siempre arrebatador en su autor, confluyen en una notable redención artística para Scott.
Gravity (Alfonso Cuarón, 2013. Estados Unidos & Gran Bretaña):
Estrictamente hablando esta película podría no encuadrarse dentro del género sci-fi, pero deviene en un claustrofóbico, angustioso, emocionante, épico, escenográficamente hablando virtuoso y, en conjunto, absolutamente fascinante relato de supervivencia espacial (especialmente memorables resultan la secuencia que da inicio al relato, contando el accidente por culpa de los residuos espaciales, y la representación de la muerte en la paz y la tranquilidad del espacio…soltando un cordón). Técnicamente impecable (ya si se ve con tecnología IMAX tridimensional, se vuelve algo indescriptible) artísticamente alcanza también cotas superiores pese a alguna que otra concesión a Hollywood dado que viene producida por un gran estudio, lo que no la esgrime de ser una de las experiencias cinematográficas más satisfactorias de la segunda década del siglo XXI.
Under the skin (Jonathan Glazer, 2013. Estados Unidos / Gran Bretaña / Suiza):
Fascinante visualmente, es este uno de esos trabajos arthouse que aburrirán hasta a las ovejas debido a su tratamiento pero que resulta ser magnífica a nivel sensorial, donde se plantea la (tratada de modo abstracto y naturalista) interacción y humanización de una supuesta criatura extraterrestre (o esa es una de las interpretaciones posibles), con apariencia de la bella Scarlett Johansson, en la Tierra (concretamente, Escocia). Firmado por el realizador de la excelentes Reencarnación, que está creando una filmografía harto interesante. Cargante pero extraordinaria banda sonora de Mica Levi.
Las últimas horas (These final hours, Zak Hilditch, 2013. Australia):
Extremadamente original, inesperada y notable muestra de “fantaustraliano” con este relato apocalíptico donde quedan doce horas para que la tormenta de fuego provocada por el impacto de un gigantesco meteorito acabe con toda forma de vida en la Tierra. Ya ha sido arrasada gran parte de ella, dejando las Antípodas para el final, donde transcurre la acción. Una cinta fantástica de primera, además de una bonita historia de redención. Además, no llega a la hora y media de duración, de modo que se disfruta de principio a fin, sin bajones. Sorprende por la consistencia de su puesta en escena, habiendo adquirido un prestigio inusitado en su paso por distintos festivales de cine fantástico. De obligado (o muy recomendable al menos), visionado, y un film de culto automático. Que no se descarte un remake hollywoodiense pronto, aunque habría que ver si se atreven con todo o cambiarían cosas como su final.
Al filo del mañana (Edge of tomorrow, Doug Liman, 2014. Estados Unidos & Canadá):
Elegante y enérgico relato, algo más amplio de miras de lo que se pretende a simple vista teniendo en cuenta la clase de producción que es y cómo se vendió en su momento (vista desde fuera, un blockbuster), rompe algún cliché que otro pese a que es tramposa a rabiar con alguna notable incongruencia de guion, la cual se (medio) perdona por ser un producto bélico con altas dosis de entretenimiento gracias a su ingenioso molde estructural (Día de la Marmota, videojuegos, y tal…). Acaba abrazando la convencionalidad más hollywoodiense en su último tercio, donde se rinde al paladar del espectador menos exigente. Aún así, para no desdeñar en absoluto.
Her (Spike Jonze, 2014. Estados Unidos):
Fantasía, dramático-romántica, con premisa de ciencia-ficción (y es que la mejor sci-fi se produce, en ocasiones, cuando se fusiona con algún que otro género): un hombre (Joaquim Phoenix) se enamora del sistema operativo de su operador, interpretado por la voz de Scarlett Johansson, la cual acabará teniendo conciencia y sentimientos más allá de los utilizados para su programación. Jonze vuelve a despachar un trabajo de una originalidad extrema, además de plantear en esta ocasión una más que razonable, ampliamente plausible y magnífica parábola sobre cuán incomunicados estamos en un mundo precisamente ultracomunicado, usando elementos y etapas normales y corrientes dentro de una relación, otra vez normal y corriente, de pareja. Resulta estética y visualmente arrebatadora con esos tonos tan de pastel que recuerdan a discos de rock indie (la soberbia banda sonora viene a cargo de Arcade Fire, por cierto), acaba abrazando la melancolía y el pesimismo. Superlativa.
Interstellar (Christopher Nolan, 2014. Estados Unidos):
ambición y amplitud de miras (el cine de su director es así desde su eclosión con la pequeña «Memento») en probablemente, hasta el momento de su estreno, el film más hypeado de la Historia del Cine, ambientado en un futuro próximo, donde las tormentas de polvo y otros problemas medioambientales han llevado a la población de la Tierra a pasar mucha hambre, con lo que el fin de la humanidad está cerca. Un antiguo astronauta, ahora granjero, recibe la oportunidad de viajar a través de un agujero de gusano y encontrar un nuevo planeta habitable para la raza humana. Ese bien podría ser un boceto del argumento de, posiblemente, la película clave, y probablemente más trascendente, de la ciencia-ficción americana de lo que llevamos de siglo XXI, así como el relato fantástico de una generación, como pudieron serlo «2001: una odisea en el espacio» («2001: a space odyssey», Stanley Kubrick, 1968), El planeta de los simios (The planet of the apes, Franklin J. Schaffner, 1968) o E.T. (Steven Spielberg, 1982) para las anteriores. Space opera inspiradora, visualmente espectacular y con una banda sonora que es una obra maestra de Hans Zimmer.
Orígenes (I origins, Mike Cahill, 2014. Estados Unidos):
Arriesgada, rompedora, ambiciosa, muy indie y muy acertada propuesta, aproximada a lo que se podría catalogar como un drama romántico de “ciencia-ficción mística y/o espiritual” de estética hipster y que suscita un interés descomunal, el cual versa sobre la trascendencia del afterlife, o sea, la reencarnación, vista ésta, dicho sea de paso, más desde el prisma de la ciencia que el de la religión, pero dando importancia a ambos y fusionándolos de forma extraordinaria. Habrá que seguir con atención la carrera de su responsable. No perderse la escena de después de los créditos finales.
Ex machina (Alex Garland, 2015. Estados Unidos & Gran Bretaña):
estimulante aunque algo previsible relato de ciencia-ficción de evidente look inmediatamente futurista y atmósfera minimalista, debut tras las cámaras de un colaborador del realizador inglés Danny Boyle, además de un notable cultivador del género fantástico (escribió los guiones de las espléndidas «28 días después», «Dredd» y «Nunca me abandones»), quien firmó una elegante pero también tramposa revisitación del mito de Frankenstein en clave neodigital.
Mad Max: furia en la carretera (Mad Max: fury road, George Miller, Estados Unidos & Australia, 2015):
Salvaje sorpresa, en forma de adrenalítico y trepidante film de acción sin apenas respiro, la que supuso la vuelta de un mito del cine fantástico moderno, encuadrado dentro del subgénero, tan australiano este, del post-Apocalipsis, aquí bastante digitalizado dado los tiempos que corren. Miller, de más de setenta años (quién lo diría, habida cuenta del ritmo que imprime a su dirección) y autor de la trilogía original, filma con un vigor casi sobrenatural este reboot emparentado a la entrega más popular y central de 1981, un festín visual con un enloquecido cosmos gracias a su magia fotográfica en tonos amarillos y azules, a un muy cuidadoso uso del montaje y a su banda sonora (atención al tema, titulado Redemption, que suena durante las escenas de la persecución de las motocicletas), un feroz espectáculo con el que nadie contaba y donde quién da el verdadero do de pecho es el personaje femenino, una imponente Charlize Theron que se come a un Max (chico-para-todo Tom Hardy) bastante parco en palabras y relegado a un incomprensible y muy secundario papel, único defecto que le veo a esta intentísima resurrección de la visionaria y, en cierto modo, aterradora saga iniciada en 1979. Antítesis total del moderno blockbuster.
La llegada (Arrival, Denis Villeneuve, 2016. Estados Unidos):
El carácter trascendente en los últimos tramos del cine de Christopher Nolan, el naturalismo visual de Terrence Malick (a la cabeza vienen imágenes de «La delgada línea roja«, «El árbol de la vida» y «El nuevo mundo«) y el apego a lo pseudo-divino de las «Señales» de Michael Night-Shyamalan son solo tres de los muchísimos puntos de atracción de esta producción de Denis Villeneuve (que tiene a punto de estreno la esperada continuación de «Blade runner«), la cual culmina su proceso de consolidación como uno de los cineastas de mayor interés del panorama internacional, aparcando aquí sus siniestros thrillers anteriores en pos de un asombroso drama sci-fi no exento de intriga y con una sobrecogedora revelación final. Imprescindible verla más de una vez para entender (y apreciar) los matices de su excepcional guion y su ejemplar traslación por parte de Villeneuve, que hace uso de su compositor habitual, Jóhann Jóhannsson (ver el momento en que una nave se ve en plenitud por primera vez) para crear esa atmósfera de inquietud tan suya. Hermosa y esencial, pone al género fantástico en un lugar en el que pocos films del pasado han logrado estar.

