Incierta gloria en un día de abril…
William Shakespeare.
Si en cierto sentido “queer” es una forma torcida de mirar, una forma ladeada de estar en el mundo, una forma nueva de encarar las situaciones y también una forma distinta de concebir el cuerpo como significante o plataforma de producción de sentidos y emisora de signos, no debería sorprender tanto que consideremos, hasta cierto punto, “Incierta gloria” como un filme coherente con el cine de Villaronga en todas sus coordenadas hasta la fecha, incluyendo sus coordenadas de disidencia erótica.
Es ésta una película que continúa el sendero emprendido por el realizador mallorquín en sus otros dos grandes filmes sobre las “heridas de guerra” y la guerra civil española: la homo-erótica “El mar” y la desgarradora “Pan negro”, ambas situadas en un espacio de ambigüedad y ambivalencia desde un punto de vista izquierdista y antifranquista pero dispuesto a mostrar, también, las sombras y las heridas abiertas en el bando republicano, con sus criaturas desamparadas ante una derrota inminente o ya efectiva, haciendo hincapié en aspectos poco tratados como el machismo, la delación y la homofobia latente o patente en ambos bandos.
Es en este punto donde las películas de Villaronga ganan en hondura, superan el esquematismo habitual y también incomodan a los puristas, con su sugerente y vivaz ambivalencia, desde sus luces y sus sombras, sus claros y sus oscuros, desde sus monstruos y sus ángeles que se funden y se confunden, sin ser exclusivos del bando vencedor.

A estas alturas, no es ningún secreto decir que uno de los motores narrativos del cine de Villaronga, además de los fantasmas de la guerra y la postguerra civil, es el cuerpo, muchas veces maltratado, de sus personajes, la redefinición de las masculinidades y las feminidades; las figuras caciquiles u oscuras en el interior de los pueblos o las micro-comunidades bien sea de Cataluña y sus fronteras (en este caso Aragón), Mallorca o de otros lugares de la Península (la Asturias rural en el caso de 99.9, donde el secreto en “el armario” también vuelve -además de la brujería- a estar en los misterios que conducen el filme).
Todo ello se hace evidente de forma progresiva pero implacable en su último filme basado en la novela homónima de Joan Sales (prohibida durante mucho tiempo en la España franquista y reeditada con prólogo de Juan Goytisolo), que da origen a una película que se toma su tiempo para jugar con mayor contundencia sus cartas.
Si en “El mar” las heridas son, desde el principio, determinantes, cristalizadas de forma mórbida en esa enfermedad (la tuberculosis) que va a marcar a los jóvenes personajes y su realidad corporal-temporal (encerrándolos en una isla y en un sanatorio del que no lograrán salir) y en “Pan negro” los secretos del lugar van saliendo a la luz con negrura y efectos devastadores en los habitantes, en “Incierta gloria” la calma precede a la tempestad, el hastío del fin de una guerra que da sus últimos coletazos nos reserva una terrible y cruel metáfora de la “Guerra” con mayúsculas.

Todo esto se va gestando en las relaciones enrarecidas en el interior de una pequeña y maltrecha (“envenenada” según sus habitantes) localidad aragonesa perteneciente al bando republicano donde la contienda parece haberse detenido, empantanado o estar a punto de llegar a su fin, convirtiéndose en una “pantomima sin futuro”.
Una pequeña localidad asediada por el fascismo, la mentira, el miedo y las heridas del pasado, también inscritas en el cuerpo y en la mente de los protagonistas, que se reabren con especial virulencia en el trágico tramo final del filme.
Así la impotencia temporal de Lluís en su encuentro sexual con Trini después de mucho tiempo de abstinencia, como el cuerpo “prematuramente envejecido”- lleno de llagas y cicatrices- de “La Carlana” (como consecuencia de los violentos abusos sexuales infligidos por su padre siendo niña” y, luego, de sus encuentros desde muy joven con otros “hombres del pueblo” ante los que “se bañaba desnuda”) se nos antojan como metáforas de algo más, de batallas incompletas que se extienden a otros personajes y lugares imaginarios, personales o geográficos, corporales o mentales.
De guerras y guerrillas, de reyertas y vendettas, de quimeras personales y políticas con elementos de cuento de hadas gótico en medio de decorados fantasmales; de heridas que permanecerán abiertas incluso después de la guerra y que ya existían antes.

Si Lluís, el joven protagonista, trata de mantener la mirada y la pose del “soldado” aguerrido a pesar de las circunstancias- que se ponen en evidencia en el “baño de los soldados”- y trata de aferrarse a algunos ideales conduciendo a sus tropas (disimulando su incapacidad para reconducir su vida y salvar su incipiente matrimonio o creer en una victoria ya imposible), su mejor amigo se encuentra a pocos metros no solo de salirse del frente, y de cambiarse de bando sino también de cruzar la línea entre la cordura y la locura, la vida y la muerte, renegando de “todo aquello” como confiesa en más de una ocasión, entre el desencanto amargo y suicida, una fidelidad candorosa a la prometida de su amigo “del alma” y una entrada progresiva pero imparable en un mundo de alucinaciones en medio de la vigilia.
En su extraña forma de escapar de la realidad de “la guerra” (incluyendo desnudez, escapadas nocturnas, intentos de sucidio a medias, fugas inesperadas e intempestivos saludos fascistas o comunistas) está su oscuro sino de quedar atrapado en el fango de los vencidos, de pasarse sin éxito al otro bando. Su declaración de “aprovechar al máximo la intensidad del momento” ante un “no futuro” predecible tiene algo de fatalista pero también algo de “camp” por su forma de reírse o al menos subvertir, parodiar o desdeñar cosas tan serias como la batalla, el heroísmo o incluso “la ideología” y sus consignas.
Además, según definiciones como la de Sontag “camp” es “escapismo” y el propio Soleras manifiesta más de una vez su vocación innata hacia el “arte del escapismo”, así como trata de explicar (citando a Shakespeare) la belleza pasajera de una constelación o la “gloria” de un instante cuya hermosura reside precisamente en su “carácter efímero”, como en el de una estrella que se apaga en un negro firmamento y una constelación que no dura y si dura deja de ser gloriosa, porque “su instante” ha pasado. Unos versos repetidos en varios pasajes de la película y tomados de la temprana obra de Shakespeare, “Los dos caballeros de Verona”, en la que dos mujeres jóvenes se disfrazan de muchachos para emprender su empresa amorosa.

Algunos han subrayado el cariz de fábula o relato feérico que tanto por sus personajes como por su envoltorio audiovisual acaba tomando la última película de Villaronga con sus equivalentes a la bruja malvada o resentida “del cuento”, el joven hechizado, el mejor amigo del protagonista, la joven inocente y los decorados del pueblo desértico además el castillo que se erige como una fortaleza llena de ominosos secretos dominando a los habitantes de la maltrecha comarca.
Villaronga subraya este carácter gótico en la visita de Lluís al Monasterio donde vemos los restos de una “boda de esqueletos” o en el significado sensual que acaban teniendo determinados elementos animales o espaciales, como la yegua de la Carlana, la hoguera donde Juli se deshace de su pasado “ideológico”, las casas abandonadas que “saquea” de noche o el sentido simbólico redoblado dado a elementos como las “arañas” o las “constelaciones”.
En la actitud a la vez reservada e insolente, huidiza, inconstante y deshinbida de Soleras vemos algo de primitivismo (cuando se entierra desnudo en las vías del tren o se emborracha a diestro y siniestro) pero también algo de dandy ateniéndose a la máxima wildeana de “todos estamos en el fango pero algunos miramos a las estrellas”.

Su sacrificio final -que puede ser interpretado como asesinato, suicidio, secuela fatal de la guerra o casi una suerte de “eutanasia” asistida-, nos dice, como algunos personajes fantasmales de “Pà negre”, cuyo pasado oscuro va a inundar el presente de forma virulenta, que la gloria incierta de uno y otro bando, o su miseria eterna, se construyeron, de distinta forma, pero en ambos casos sobre zonas oscuras, mentiras, secretos, fidelidades, traiciones y silencios.
Así el realizador mallorquín revitaliza el subgénero de la guerra civil al mostrar las sombras -sin rehuir un exceso de retórica- no solo del avance implacable del franquismo y de las formas del fascismo caciquil (que aquí acaba representando la ambigüedad resentida y zaherida de La Carlana, girando al “sol que más calienta”) sino también la incapacidad del bando republicano para asimilar algo que, ya de entrada, es inasimilable: el horror de la violencia, la alienación militarista, la beatería ancestral, la división en sus propias filas, los valores más rancios insertos en la columna vertebral de toda ideología supremacista y de la violencia o la venganza como moneda de cambio.
El machismo, la hipermasculinidad belicosa y la homofobia como ejes fundacionales y motores, la familia nuclear como refugio ineludible y como trampas asfixiantes, la moral estrecha dentro su propio bando, la brutalidad en sus propias filas, incapaz de asimilar las excepciones a su sistema, sus divisiones ideológicas y solo unidas en la construcción alienante del guerrero o “mártir” al servicio de una causa, sea cual fuere.

Si vemos “Incierta gloria” más de una vez nos damos cuenta de que hay muchos detalles que solo tienen sentido en función de lo que se nos va a revelar después, algo que comparte la construcción en cajas chinas o de “película con misterio” con otros filmes de Villaronga como sus primeros thrillers, la espeluznante “Tras el cristal” (que puede verse como una alegoría gore y perversa de la “agonía del franquismo”), la sugerente, perversa y oscura “99.9”, la implacable y homoerótica -llena de connotaciones sadomasoquistas- “El mar” o, sobre todo, la excelente “Pan negro”, en la que el secreto o los secretos cobran un sentido avasallador sobre el doloroso y desencantado desarrollo interior del niño (¿mariquita?) protagonista que abre los ojos en medio de una oscuridad monolítica. De nuevo la enfermedad física y mental aparecen entremezcladas en la tragedia bélica de Villaronga y en el destino de sus héroes de pies de barro, sus hermosos antihéroes, sus falsas heroínas y sus frágiles “brujas”, con algo de Goya y algo de los hermanos Grimm. Las películas sobre la guerra civil del realizador mallorquín no suelen gustar, desde un punto de vista político, a casi ningún purista, aunque el público se rinde ante su arquitectura visual y su capacidad para crear espacios físicos y mentales renovados al tiempo que muestra la contienda desde nuevos, y no tan nuevos, ángulos.
En “Incierta gloria” los dos protagonistas masculinos toman dos posturas bien diferentes, si no opuestas, frente a la inminente derrota del bando republicano a manos de las ya implacables tropas franquistas (“Dios está de nuestro lado”, sentencia el orondo alcalde del pueblo en su cena en casa de “La Carlana”), que se reproduce también a pequeña escala en sus “desastres íntimos”. Una posición binaria que ya tiene un precedente mucho más extremo y dislocado en los dos jóvenes protagonistas de “El mar”, cuya muerte prematura es la secuela más feroz de la guerra.
But, si allí ninguno de los dos se salva, aquí uno muere para que el otro pueda no solo sobrevivir sino, sobre todo, salvar a su hijo, seguir junto a su mujer y así construir un futuro “familiar”, con lo cual su sacrificio adquiere varios sentidos que ya se intuyen en esa amistad fraternal y en la relación de ambos con la misma mujer, Trinidad, que se opone a la figura de la oscura cacique del pueblo, La Carlana.
Es en el punto en el que el imaginario de Juli (y se supone que en cierto sentido el relato) opone a ambas mujeres de una manera radical (casi virgen/puta envuelta en un manto fúnebre de “viuda con pasado”) en el que la narración se revela algo esquemática, pero esta oposición es necesaria para la fuerza casi pictórica o simbólica de lo que se nos acaba contando. Villaronga se revela demasiado novelesco y cercano a la abstracción en la oposición de los caracteres principales de la historia.

Pero nos reserva y nos otorga uno de los momentos más duros e intensos del filme, apoyado en el talento de Nuria Prims y Oriol Plá: aquél en el que Juli Soleras obliga a La Carlana a desnudarse (“a mostrarle el interior de una mujer araña” según las palabras del propio soldado) como venganza y humillación simbólica por haber denigrado a su amigo y su mujer, de la que también está, a su manera, secretamente enamorado.
Sin la sangre ni la violencia que hemos visto en otros (pocos) momentos del filme estamos ante la secuencia más cruel, apoyada no solo en la dirección de Villaronga, la fotografía cuasi-expresionista y la cuidada iluminación de interiores sino también en la fuerza de dos de los mejores intérpretes catalanes del momento; en una secuencia que junto con la de la “ejecución” asistida de Soleras a manos de Lluís constituyen los momentos más duros de un filme que avanza de forma implacable.
Aunque el encuentro entre “la cacique con pasado” y “el desertor/traidor sin futuro” es un momento de lucimiento para Nuria Prims (actriz de formación teatral), es difícil decir cuál de los dos está mejor en un “cara a cara” tan difícil. Más compleja es la comparación de la interpretación de Plá (llena de resortes escénicos de primer orden, gran experiencia y destreza para pasar de la delicadeza a la brutalidad) con la del joven protagonista, es decir con el Lluís al que da vida con esfuerzo pero sin garra, el joven Marcel Borrás, cuyo tesón no salva su inexperiencia ante las cámaras, pero que no le sienta del todo mal al carácter titubeante de su personaje.
El alejamiento de los dos amigos está dado por el director de forma mucho más precisa de lo que parece y, aunque se aproximan a la misma mujer en dos ocasiones (tanto a Trinidad como a la Carlana), lo hacen de forma bien distinta, si no diametralmente opuesta. Enseguida percibimos que su amistad, forjada tempranamente, reside en las diferencias que existen entre los caracteres de ambos y se sostiene gracias a ellas pero esas diferencias, instigadas también por la guerra, la estupidez y el devenir de los acontecimientos, van a enfrentarlos finalmente en un extraño.
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