Alfred Hitchcock en Estados Unidos (1940-1969)

Un breve repaso a la carrera norteamericana de uno de los grandes directores de la etapa clásica, Sir Alfred Hitchcock, que ya había alcanzado una más que notable madurez  creativa para cuando aterrizó en Hollywood en 1939, pero será allí donde firmaría sus productos más irremediablemente populares y, algunos de ellos, también redondos, a pesar de haber realizado ya, en su Gran Bretaña natal, piezas de altura como Inocencia y juventud, Alarma en el expreso o 39 escalones. Se ha omitido alguna que otra película porque servidor no la ha visto (particularmente dolorosa resulta la ausencia de Extraños en un tren, lo sé), mientras que Pánico en la escena fue una producción que el cineasta inglés abordó en Gran Bretaña con capital británico. Sin más rodeos, ahí va:

Rebeca (Rebecca, 1940):

Primera, esperada y celebradísima obra maestra de Hitchcock en Estados Unidos, bajo el amparo económico de David O. Selznick, que no podía ser otro que un extremadamente inteligente thriller de gran influencia no solo en el género sino también en el imaginario colectivo. Un hombre se vuelve a casar, pero no puede olvidar a su viuda, carga que tendrá que soportar su nueva esposa… Impecable y realmente absorbente, con una magnífica fotografía, más allá de su, como de costumbre, hábil realización, donde Hitchcock hace uso, de forma puntual y fascinante, de lo malsano y pesadillesco, pese a que el material del cual partía hacía pensar que la primera incursión de Hitchcock en Hollywood tiraría más por los derroteros del drama. Un trabajo prodigioso. Recibió 11 nominaciones a los Premios de la Academia, alzándose con, entre algún otro, el de Mejor Película.

Sabotaje (Saboteur, 1942):

Aquí todavía en sus inicios en tierras yankees, es un film menor en la carrera del maestro, y por lo tanto no obviado pero sí menos analizado en buena parte de sus estudios, dossiers y antologías, resultando no obstante ampliamente reivindicable gracias al contexto sociopolítico en el que fue realizado y al mensaje que profana (quizás es más aceptable como obra propia de su tiempo que como película hitchcockiana cien por cien). Thriller de espías, puede ser vista como un precedente lejano de lo que en 1959 supondría, probablemente, su gran divertimento: Con la muerte en los talones. Pese a tratarse de un mero entretenimiento de calidad, posee uno de los momentos cumbres en la carrera del realizador inglés, como es el clímax en lo alto de la Estatua de la Libertad de Nueva York. Sirve como mera evasión, más allá del tratamiento psicológico que Hitchcock impregnaría a algunas de sus obras de mayor altura.

La sombra de una duda (Shadow of a doubt, 1943):

Posiblemente el film de Hitchcock donde la psicología y la fascinación por los detalles (enter otros, cuando el personaje de Joseph Cotten se queda a gusto dando su opinión sobre las viudas ricachonas durante una cena familiar) jugaron un papel más importante, además de ser el trabajo por el cual el maestro del suspense siempre sintió un apego especial, y el que inspiró la decente Stoker (Park Chan-wook, 2013). Hitchcock apoya aquí el relato con un, como en él era habitual, ocasionalmente intenso pero encomiable tratamiento de la tensión y la intriga, consiguiendo unos resultados de intachable virtud. Fue la primera obra de verdadera madurez de su director, al menos en términos de expresión.

Náufragos (Lifeboat, 1944):

Hitchcock adaptó a John Steinbeck en un curioso ejercicio psicológico con un único espacio, en este caso un bote salvavidas durante la Segunda Guerra Mundial. Sus resultados, tanto a nivel técnico como, sobre todo, los relativos a la construcción de la intriga, están fuera de toda discusión, aunque deja una cierta actitud moralizante. Un grupo de pasajeros se reúne en un bote a esperar, tras hundirse su transatlántico americano. Entre ellos, por casualidad, también se encuentra uno de los miembros del submarino Nazi que les ha atacado. El gancho de la trama está servido: ninguno de los personajes (todos son ciudadanos de una nación decente y democrática como son los Estados Unidos de América) puede decidir si confían o no en el oficial alemán, que además posee conocimientos de navegación que podrían salvarle la vida a todos, aunque también traicionarles. Sin, como es lógico, abandonar el bote del título original, Hitchcock se apropia del juego y la tensión psicológicas, con algunas cimas a tener en cuenta, como la presentación del personaje alemán una vez rescatado del agua y con la que concluye el primer acto. Por su naturaleza minimalista no es uno de los films más populares ni pregonados de su director (posteriormente realizaría otros varios films con un espacio reducido) pero resulta modélico.

Recuerda (Spellbound, 1945):

Otra de las piezas mayores de Hitchcock, dirigida con vigor e ingenio pese a lo complejo que parecía su material de partida, y ayudado por unos diseño de producción y dirección artística admirables y vanguardistas (connotaciones del psicoanálisis de Sigmund Freud más la surrealista e icónica obra de Salvador Dalí, presente en la cautivadora y asombrosa secuencia del sueño). Un ejercicio donde prima el interés por la interpretaciones de los sueños, una rama de la psiquiatría muy en boga por aquella época. Las excelentes interpretaciones de Gregory Peck e Ingrid Bergman hicieron que el inmenso talento del film aflorara solo, centrado en una historia de amor trascendental, tensa y de una desbordante imaginación.

Encadenados (Notorious, 1946):

Nueva obra maestra, dentro de las que encadenó desde su llegada a Estados Unidos, del maestro del suspense, aquí volviendo a temas más conocidos, tanto por el público como por él mismo, en otro excepcional thriller donde, además del suspense, Hitchcock hará uso también del relato romántico, en una brillante fusión la cual, mediante una puesta en escena con la habitual precisión de su director (y sirviéndose de un guion de hierro, obra de Ben Hecht, reconocido dramaturgo y guionista del Hollywood clásico), lo convierten en un trabajo poco menos que perfecto donde vuelve a no haber tregua para el espectador. La escena de las llaves es memorable. Seguramente su trabajo más reconocido y aplaudido de la década de los 40, aunque él mismo siempre prefirió La sombra de una duda.

La soga (Rope, 1948):

Arriesgado experimento de Alfred Hitchcock, resuelto con su admirable pericia, enorme habilidad y habitual talento. Hitchcock rompió con el productor David O. Selznick, harto de las imposiciones de este último, y firmó con Sidney Bernstein, de cuya colaboración salió este enorme y complejo desafío- su primero en color por cierto, y en durar menos de 90 minutos-, pues adaptaba un texto teatral con un único marco espacial (un opulento apartamento neoyorquino) y, más aún, temporal (sucede a tiempo real), que acabó por ser un más que notable ejercicio de estilo. Quizás no pueda compararse a sus obras más monumentales pero es una muestra más que buena para iniciarse en el cine de su director. Divertida y al mismo tiempo psicológicamente intensa. Unos años más tarde insistiría en la fusión teatro-cine con Crimen perfecto.

Yo confieso (I confess, 1953):

Uno de los grandes (y más completos) actores de la época como Montgomery Clift protagonizaría este intenso relato, considerado, quizás injustamente, un film menor (partiendo de la base de que algo de menor consideración en la carrera de Hitchcock equivale, a menudo, a obras notables para la mayoría de directores de cine) en la carrera del cineasta inglés, además de uno de los que gozan de menor celebridad, pese a lo absorbente de su premisa y su encomiable desarrollo psicológico: un sacerdote obligado a guardar un secreto de confesión, en este caso un asesinato confesado por el propio autor, hasta límites maliciosamente insospechados. El maestro del suspense convierte el relato en algo realmente intenso y angustiante, angustia casi tangible en el caso del protagonista, debido a su sentido del deber, y que merece ser considerado más allá de su poco crédito popular.

Crimen perfecto (Dial M for murder, 1954):

Adaptación rehecha, a finales de los 90 y al estilo Hollywood pero en un producto que entretenía sobradamente con Michael Douglas, Viggo Mortensen y Gwyneth Paltrow, esta pequeña joya de Hitchcock es una depurada, y deliciosa, muestra más del talento de su autor, al menos a nivel de puesta en escena, pues es similar a su anterior y también excepcional La soga. Un jugador de tenis (Ray Milland) planea el asesinato de su mujer (Grace Kelly). Hitchcock limita casi todo el relato al interior de un apartamento, lo que engrandece el ya de por sí notable nivel técnico que el hábil maestro imprime a sus precisos trabajos. Mantiene el interés, y el nervio, de manera harto eficaz, y eso que el propio cineasta siempre la consideró un divertimento, ya que en su cabeza ya pensaba en otra de sus obras maestras, la inmediatamente posterior La ventana indiscreta.

La ventana indiscreta (Rear window, 1954):

Uno de los más populares y brillantes thrillers de un Hitchcock ya perfectamente engrasado en la maquinaria hollywoodiense pero sin perder ni un ápice de su personalidad, sobre un periodista (James Stewart) obligado, por una lesión, a estar en silla de ruedas en su habitación. Su único pasatiempo será mirar por la ventana, lo que se volverá en algo realmente intrigante una vez descubra que uno de sus vecinos podría haber matado a su mujer. Quizás algo larga, ese lastre queda sobradamente compensado por, primero, el desarrollo que imprime Hitchcock al relato (y su ingeniosa realización: las perspectivas y puntos de vista que adopta la cámara en ocasiones casi condenan al espectador a estar en la silla de Stewart), y segundo, su fascinante desenlace. Clásico sin discusión, se encuentra entre lo mejor del director inglés.

Pero, ¿quién mató a Harry? (The trouble with Harry, 1955):

Extremadamente agradable (ayuda su tono visual otoñal y sus bellos exteriores rurales), feliz, divertida y ligera comedia negra de sofisticado enredo, en la cual varias personas creerán ser responsables de la muerte de un individuo sin serlo en realidad, que constituye una de las películas menos pregonadas del maestro del suspense, pese a que todo en ella está construido con admirable precisión. Supuso la primera de las bandas sonoras compuestas por Bernard Herrman para Alfred Hitchcock, en cuya partitura pueden reconocerse claros ecos de su futuro e intrigante trabajo para El cabo del miedo.

Falso culpable (The wrong man, 1956):

Hithchcok tomó el tema estrella de su concepción del suspense para darle título a uno de sus films más modestos y menos populares, así como también, aunque según a ojos de quién, menos inspirados y/o valorados, basado, quizás demasiado – o expuesto con demasiado rigor-, en hechos reales narrados casi en modo documental y con un apreciable voltaje psicológico. Posee tramos realmente estimulantes, como el que va desde la detención, en la puerta de su casa, de Henry Fonda, hasta su ingreso en prisión, pero su trama judicial y su etiqueta de rara avis dentro del conjunto de la obra del maestro del suspense pesa demasiado como para considerarlo un thriller realmente destacable del director inglés, aunque alguno peor realizó.

El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much, 1956):

Convincente, aunque tildada más de entretenimiento puro y duro, segunda versión, con medios evidentemente superiores, de la novela que ya adaptaría Hitchcock en su etapa inglesa, un lustro antes del inicio de su etapa americana, sobre una pareja cuyo hijo es secuestrado mientras se encuentran de vacaciones en Marruecos. El rigor de su construcción, y su look, mucho más profesional que la de los años 30, le confieren un carácter mayor que el de mera comparsa que siempre ha tenido, al lado de obras contemporáneas y mucho más populares del propio Hitchcock. Eso sí, se va haciendo más y más pesada.

Vértigo (de entre los muertos) (Vertigo, 1958):

El film más intenso e imprescindible de su director, y una de las cumbres del siglo XX de entre todas las artes. Temas como el amor (más allá de la muerte) o la sexualidad son tratados con suma complejidad e imágenes de extraordinaria y fantasmagórica belleza, además de ser un impecable ejercicio de intriga. Un detective (James Stewart) que sufre de vértigo intentará resolver el caso de una posible adúltera (Kim Novak). El score compuesto por Bernard Herrman fue memorable, así como multitud de escenas surgidas del abrumador talento de Hitchcock. Sigue conservando, hoy en día, todo su poder de fascinación. Cuatro décadas después de su estreno inicial, se restauró y volvió a exhibir en salas.

Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959):

Estupendo y muy dinámico divertimento que Alfred Hitchcock realizaría a caballo entre dos de sus películas más famosas y celebradas, que no son otras que Vértigo (1958) y Psicosis (1960). Un entretenimiento de muchos quilates filmado por un Hitchcock cuya madurez expresiva- la madurez para crear suspense y tensión ya la había alcanzado bastantes años antes- se encontraba en todo lo alto. El plano de Cary Grant perseguido por el campo por una avioneta fumigadora, icono del cine de su director.

Psicosis (Psycho, 1960):

Adaptación convertida por Hitchcock en probablemente su film más icónico y, qué duda cabe, uno de los populares, además de su primer largometraje (de únicamente dos) que podría encuadrarse encuadrado en el género de terror (el segundo y ultimo sería Los pájaros). La ventaja que tuvo en su día la ha perdido, pero permanence, probablemente, como el mejor ejemplo cinematográfico sobre cómo manipular al espectador, y un trabajo de una inteligencia, inquietud y perversidad bastante más que manifiestas. La banda Sonora de Bernard Herrmann está inconfundiblemente unidad a la película, cuyas escenas (las que vienen a la cabeza de todo el mundo) rezuman una destacada intensidad. Tuvo un remake, con unos valores de producción (director y rostros) bastante elevados, a finales de los 90, pero su resultado fue más que discutible.

Los pájaros (The birds, 1963):

Hitchcock adaptó otro relato de Daphne Du Maurier, a quién ya había usado en uno de sus trabajos más redondos, y el primero a realizar en suelo norteamericano, Rebeca (1940), para su segundo film de terror, el cual generó controversia debido al desarrollo de la historia, el cual es demasiado largo, así como aburrido, aunque una vez empiezan a sucederse los ataques, la dirección del cineasta inglés, ejemplificada sobre todo en un uso excepcional y muy inteligente del sonido, y unos efectos magníficos, termina con cualquier debate, sin ser una de sus obras de mayor altura, lastrada, como digo, por sus bostezantes e interminables primeros tres cuartos de hora. El angustiante tramo final con los personajes asediados en la casa, así como el tema principal del film, la naturaleza rebelada contra el hombre, proporcionaron la pauta a seguir por importantes cineastas de generaciones posteriores como George A. Romero en una vertiente abiertamente fantástica (La noche de los muertos vivientes) o Michael Night-Shyamalan, con su Señales, también fantástica, pero también ecológica, con El incidente. La composición de su secuencia final es terrorífica.

Marnie, la ladrona (Marnie, 1964):

Medianamente atractiva vuelta, sobrada de metraje, al drama psicológico del universo de Recuerda, la cual fue producto de un Sir Alfred Hitchcock veinte años más joven. Aquí lidia con una cleptómana atormentada (Tippi Hedren) y un apuesto caballero (Sean Connery) que intentará dar con la raíz de sus problemas. El interés aumenta (en honor a la verdad, decir que no se haya entre los mayores hallazgos del maestro del suspense) en el notable último tercio, orquestado, en mención especial, por un inspirado score de Bernard Herrmann. Uno de los trabajos del inglés que menos valorados están, o al menos en su justa medida, pero cuya intensidad y profundidad para con la psique humana son dignas de aplauso. Pena que el guión acabe desequilibrando sus resultados. Señalar que Hedren y el cineasta acabaron tirándose los trastos a la cabeza.

Topaz (1969):

Probablemente el film más endeble, y uno de los últimos, de la dilatadísima carrera de Alfred Hitchcock, poco consistente al menos para sus estándares y reconocido incluso por el propio maestro inglés. Una lenta, charlatana, pesada y poco emocionante historia de espías con el marco de la crisis de los misiles soviéticos en Cuba como telón de fondo. Jamás involucra de lleno al espectador y apenas se ven los toques de Hitchcock en la dirección. Olvidable.